EL TÚNEL DE LA LAJA

 Cinco chicos viajan en un coche para ir a  pasar unos días de vacaciones, cuando pasan por El túnel de La Laja, quedan atrapados en él. Un año más tarde, aparece el coche al otro lado del túnel con sólo dos chicos, uno de ellos está muerto y el otro traumatizado por lo que les sucedió allí dentro. ¿Qué misterios guarda el túnel? ¿Qué sucedió con el resto de los chicos? ¿Secuestro? ¿Asesinato?
Adéntrate en El túnel de La Laja y descubre lo sucedido siguiendo a los entrañables personajes que componen la historia. La psiquiatra Bianca Rojas, el inspector José Mckin y el chico superviviente Tommy...











LEE UN POCO de 
El Túnel de La Laja


1




     El teléfono sonó en la sala, Bianca dio un   respingo de susto, estaba tan absorta poniéndose las medias, que podría haber entrado un ladrón en la casa y robar en sus propias narices y no se habría dado cuenta; salió corriendo hacia la sala y descolgó el auricular

     
    – ¿Diga? –Respondió  mirando el reloj de pulsera suizo que lleva siempre desde que se lo regaló su ex novio hacía ya dos años.
     
    – ¿Bianca? –Dijo una voz procedente del otro lado de la línea. –Soy  Brian, pon el canal cinco, hay una interesante noticia –añadió el colega de Bianca.
        
    –Un segundo –dijo ella cogiendo el mando a distancia de la tele y pulsándolo – ¿Es lo del caso Ramírez?... – Y aparecieron en su mente las imágenes de el señor Ramírez matando a su mujer con un revolver del 27; y a sus dos hijos de 10 y 15 años con un cuchillo de cocina, ya que no le quedaban balas en la recámara para todos; seguidamente se entregó a la policía. Su abogado alegó enajenación mental.
        
    –No, esto es mucho más… ¿¿ ¡extraño!?? –Brian pronunció la palabra “extraño”  de manera más interrogativa que exclamativa. Bianca  miró al televisor y subió el volumen.
        
    Aparecieron entonces las imágenes de un coche desviado en la cuneta de una autopista, la cual pudo reconocer por el túnel que había en ella. Era la G-1, a la altura de la potabilizadora de Marzagán. Prestó atención  al locutor, que esquivaba a policías y auxiliares para llegar al chico que yacía en la camilla situada detrás de la ambulancia, detenida justo delante del coche siniestrado.
         
    –Como pueden observar, el coche está algo inclinado, al parecer, pilló una piedra pequeña en medio de la calzada, en el centro justo al salir del túnel. Este señor, –dijo mirando a un hombre que estaba cerca del coche –encontró esta mañana el vehículo en la cuneta. –Continuó el presentador. – ¿Como  encontró a los chicos del coche?
        
    –Yo vi como se salían de la calzada hacia la cuneta, el coche se tambaleó varias veces y se desvió hacia fuera como si hubieran perdido el control, yo  me detuve a auxiliarlos. Cuando me acerqué, ese chico, el que conducía, hablaba unas cosas muy raras. Parecía delirar. Además, estaba muy pálido y me dio la impresión de que se encontraba mal; El otro chico estaba muerto…, bueno, eso creo. Le miré el pulso y no tenía.
        
    – ¿A qué hora ocurrió todo eso? –preguntó el periodista.
        
    –Eran sobre las siete y cuarto. Hará una hora aproximadamente –respondió el señor.
        
    – ¿Qué hizo después?
        
    –Bueno, yo corrí a mi coche y llamé por medio del teléfono móvil a la policía y al 061. Al cabo de unos 15 ó 20 minutos, ya estaban aquí.
        
    –Muy bien, gracias. Seguiremos con ustedes para darles más información acerca de lo ocurrido en este caso tan siniestro. –Marco Alonso, tenía el micrófono en la mano y miraba fijamente a la cámara. –Y si ustedes se acaban de levantar, son las ocho y media y estamos en la autopista G-1, a la altura de la potabilizadora de Marzagán, junto al coche que desapareció hace un año con seis chicos.
        
    Bianca colgó sin despedirse y se sentó en el sofá contiguo a la mesilla del teléfono. Por ahora sólo era un pequeño accidente, pensó.
        
    En el televisor se podían ver imágenes del coche y de los auxiliares atendiendo al chico; al muchacho muerto ya se lo habían llevado. La cámara avanzó por entre la gente y se acercó a un policía de paisano.
   
    –Aquí tenemos al detective encargado del caso –continuó el locutor acercándose al detective. – ¿No es este el coche que desapareció hace un año? Señor… –y mirando la placa continuó diciendo –José Mckin.
        
    –Sí, hemos comprobado la matrícula y parece ser que se trata del mismo coche –dijo el detective, rascándose la sien con el índice, como si dudara de lo que acababa de decir.
        
    –Para refrescar la memoria de nuestros espectadores,  –continuó Marco Alonso –en el coche viajaban seis personas, cuatro chicos y dos chicas: Tomás Padrón, Virginia Carrillo, Francisco García, Ivonne Olivares, David Medina y Nicolás Marrero. Hoy sólo han aparecido dos chicos: Tomás y Francisco. ¿Tiene alguna explicación lógica? –Preguntó Marco acercando el micrófono a la altura de la boca del detective Mckin.
        
    –Bueno, eso es todo cierto, pero por ahora, no podremos avanzar nada hasta que el chico que está inconsciente se recupere. –Su cara reflejaba duda al respecto. –Como ustedes sabrán, uno de los chicos, Francisco García  apareció muerto.
        
    – ¿Se puede pensar en un secuestro con asesinato? –Asaltó Marco.
        
    –Aún es pronto para hacer hipótesis sobre el caso, pero no obstante, esa es la teoría que más se acerca a lo que pudo haber ocurrido. Partimos de la base de que el coche desapareció en esta zona hace un año. No se sabe, como usted comentó anteriormente, si nunca llegó a pasar por el túnel. Creemos más prudente no comentar nada al respecto, ya que hemos peinado la zona y no se han hallado los demás cuerpos. Otro dato, que nos aparta del secuestro, es que nunca hubo llamadas para pedir rescate.
        
    El locutor dio las gracias al detective y se despidió prometiendo a sus más fervientes espectadores una pronta remesa de esta noticia con más detalles en próximos informativos, “en su canal cinco”. 
        
    Entonces Bianca comprendió que aquella noticia no era del todo una tontería. Unos chicos que desaparecen en su coche, seis para ser exactos y sólo aparecen dos y uno de ellos muerto. “Que extraño”, pensó. “¿Secuestro? ¿Extraterrestres que abducen a seis muchachos?”. Se llevó la mano derecha a la frente, pensando que quizás, incluso podría  tratarse de un asesinato múltiple o tal vez… ¿un agujero negro en el túnel?
        
    –Tengo que dejar de pensar tonterías, este asunto ni me va ni me viene –se  dijo en voz alta mientras pensaba que bastante tenía ella con sus pacientes y sus patologías: trastornos sexuales o psíquicos, múltiples personalidades, muchachas violadas, esposas maltratadas, en fin… y una larga lista de trastornos más.
        
    Se levantó del sofá y terminó de prepararse para ir a trabajar. Sus pacientes la esperaban.

    Llegó a las diez de la mañana y entró por la puerta principal del hospital psiquiátrico, después de haber aparcado su SEAT Córdoba nuevo en su plaza reservada. Se dirigió hacia el ascensor, un A.T.S de blanco con unas carpetas de papel, que contenían los historiales de los pacientes, pasó a su lado y la saludó con un agradecido – ¡Buenos días, doctora Rojas! –y continuo su marcha. Bianca le devolvió el saludo con una sonrisa y entró en el ascensor, que ya había abierto sus puertas y pulsó el número cuatro para dirigirse a su despacho.
        
    Mientras subía en el ascensor, le vino a la memoria las imágenes que el televisor proyectaba esa mañana, cuando Brian la llamó para que lo viera: el coche en la cuneta, un chico muerto, varios desaparecidos y otro chico trastornado. Las palabras del reportero volvieron a resonar en su mente: “Este es el coche que desapareció hace un año con seis chicos, ahora sólo han aparecido dos, uno de ellos (Francisco García) muerto”.
         
    – “¿Para qué habría llamado Brian? ¿Qué tenía de importante para ella ese caso?” –Se preguntó.
        
    Cuando el ascensor se detuvo en el cuarto piso y se abrieron las puertas, Bianca salió de su ensimismamiento y se dispuso a bajar del ascensor. Tras de sí, las puertas se volvieron a cerrar y frente a ella se le presentó el largo pasillo con su hilera de puertas a derecha e izquierda: las secretarias al principio, seguido de la sala de descanso y relax, la sala de estudios frente a la anterior; los despachos de los mejores psiquiatras, incluido el suyo; y finalmente, la puerta que se divisa al final del pasillo, el director.
        
    Caminó hacia su despacho y abrió la puerta. Pulsó el interruptor de la luz y con ella apareció su gran mesa escritorio con su ordenador, una silla de cuero auténtico con ruedas, una estantería con tomos de psiquiatría, un diván de cuero negro a juego con la silla, y dos cuadros de Dalí comprados en una tienda de muebles.
        
    Cerró la puerta y se sentó en su silla; por un momento, se quedó ensimismada observando los cuadros de Dalí, que le encantaban y que de vez en cuando los miraba hasta que casi penetraba en ellos y se perdía por los parajes surrealistas del pintor, haciendo que se evadiera de los problemas de sus pacientes. Sobre todo le encantaba el de “La persistencia de los recuerdos”: un cuadro extraño, pero que te daba que pensar. Los relojes esparramados, como si quisiera extender el tiempo para vivir más o quizás, quería expresar la preocupación absurda del hombre por el tiempo. Después esa cara a medio terminar, alguien dormido o muerto por el paso del tiempo; el mar mezclado con un paraje  desierto, como un contraste entre dos mundos, que aparentemente están desiertos los dos; un árbol podado o seco; hormigas que se unen para formar el grabado de un reloj que se oculta para no obsesionarnos con el dichoso paso del tiempo. En fin, un cuadro para perderse durante un momento de crisis, ambientado con música clásica, como el “Bolero” de Ravel, tocada por Karajan.
        
    El otro cuadro era “Muchacha a la ventana”, y le parecía precioso; casi te podías identificar con la chica del cuadro, ya que no tenía rostro. La pintura en sí, tenía un aire de paz y tranquilidad, que te lo llegaba a trasmitir; parecía que escucharas el sonido del mar e incluso de gaviotas, que aunque en el cuadro no aparezcan, te invitaba a imaginarlas revoloteando por doquier.
        
    Sin darse cuenta, permaneció unos minutos absorta, con la mirada fija en sus cuadros. De pronto se dio cuenta de su ensimismamiento y volvió a bajar a la tierra. Miró a la mesa y vio que ya su secretaria le había dejado la relación de visitas a los pacientes del día. La primera era de un paciente nuevo, así que decidió llamar a su secretaria.
        
    – ¿Elvira? –Preguntó después de descolgar el auricular y pulsar el número doce. –Me has puesto un paciente nuevo… ¿Cuándo ha llegado?
        
    –Ah, sí  ya… es Tomás Padrón –respondió la secretaria, como si Bianca supiera de quien se trataba. –Llegó esta mañana, a eso de las nueve y media –se hizo una pausa. –Es ese chico del coche, el que encontraron esta mañana.
        
    Bianca sorprendida, dio las gracias y se despidió. Cogió el expediente compuesto de una única hoja y se dirigió a paso ligero a la habitación número 20, piso tercero, donde se encontraba el chico de las noticias.
        
    Al entrar en la habitación, Bianca se encontró con una enfermera. Ésta giró y la saludó; le tendió la carpeta del historial del chico para que ella se hiciera cargo de la situación.
        
    En el apartado de diagnósticos rezaba:” posible conmoción y lagunas en la memoria, histerismo, síntomas paranoicos e insolación, tiene una fractura de tobillo en el pie izquierdo y en el brazo derecho, en el cúbito.
        
    – ¿Le han recetado algún tranquilizante? –Preguntó Bianca sin dejar de mirar el historial.
        
    –Sí, le hemos suministrado 5 miligramos de Diacepan –respondió la enfermera. –Hemos tenido que atarlo, estaba muy histérico, aunque al parecer, lo encontraron desmayado. Los chicos de la ambulancia aseguraron que se despertó llegando al hospital, su pulso estaba un poco acelerado; entró en el Insular y le escayolaron el brazo y la pierna fracturados. Después, al ver el resto de los síntomas, lo trasladaron aquí –dicho todo esto, salió de la habitación en el momento en que entraban dos hombres bien vestidos: uno era alto y fuerte, tenía los ojos oscuros y era bastante atractivo; el más bajo tenía los ojos verdes y era guapo y fuerte.
        
    Bianca reconoció al más bajo nada más verlo, “es ese detective, el de el informativo de esta mañana. Se llamaba José No sequé”. Se oyó pensar ella.
        
    – ¡Buenos días, doctora! –Dijo de repente José No sequé. –Soy el inspector José Mckin y este es mi ayudante el detective Martín Blanco –y señaló a su compañero.
        
    – ¡Buenos días! –Saludó ella. –Soy la doctora Bianca Rojas… ¿Desean alguna cosa? –Preguntó poniendo los brazos en jarra. Era el segundo paciente que tenía con problemas con la ley y no soportaba lo rápido que venían a interrogarla, sobretodo sin antes darle la oportunidad de examinarlo.
        
    –Buenos días,… bueno, el caso es que este chico es la clave para resolver un caso… –hizo una pausa y mirándola fijamente continuó. –Es  un posible secuestro con múltiple asesinato… –reflexionó. –O… por lo menos un asesinato. El chico puede darnos las posibles respuestas a muchas preguntas…. No quiero decir que él esté involucrado, claro, pero… –dijo todo esto seguido y se interrumpió. –Contamos con usted para que nos ayude a resolverlo.
        
    Ninguno de los tres hizo un esfuerzo por extender la mano con intención de saludar, más bien se respiraba un ambiente hostil.
        
    Bianca lo miró un rato como aturdida por la breve explicación del policía. Por un momento le habría dicho, “se explica usted muy bien”, pero lo único que pudo decirle fue –haré lo que pueda.
        
    –Me alegra que colabore, señorita –dijo José.
        
    –Señora, por favor –insistió Bianca –.Es un placer colaborar con la ley.
       
    –Lo siento, no pensé que estuviera casada –Dijo José ruborizándose.
       
    –Me ofende usted; no necesito estar casada para ser una señora –su tono era cortante y frío.
       
    –Lo siento, no era mi intención ofenderla.
       
    Ambos se miraron durante un rato, que a Martín le pareció eterno e incómodo, como si estuvieran midiendo sus fuerzas o quizás atraídos por la arrogancia que ambos manifestaban.
        
    –No se preocupe, no tiene la menor importancia –se excusó Bianca con ese tono de mujer dura y arrogante, que le encantaba utilizar con hombres como ese tal Mckin; que le daba la impresión de que era un hombre que ya venía de vuelta de todo, espabilado, directo y  arrogante.
        
    – Bueno, estaremos en  contacto con usted – dijo José, y dicho esto, se despidieron y se fueron.