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lunes, 5 de octubre de 2026

La Grande Crêperie

Cuando un restaurante empieza a tener memoria

G. David Peralta



Hay lugares que nacen mucho antes de que uno se dé cuenta.

La Grande Crêperie comenzó, como comienzan casi todos los negocios, con números, papeles, compras, decisiones y una cantidad considerable de incertidumbre. Había que pensar en las mesas, en la cocina, en las creperas, en los proveedores, en la carta, en los horarios. Había que calcular cuánto entraba y cuánto salía. Había que abrir la puerta cada día esperando que alguien decidiera atravesarla.

Al principio, un cliente es simplemente eso: un cliente.

Entra alguien a quien no conoces. Se sienta. Mira la carta. Pide una galette, una crêpe, una copa de vino o una sidra. Come, paga, se marcha.

Y quizá no vuelva nunca.

Pero algunos vuelven.

Y entonces ocurre algo que no aparece en ningún plan de negocio.

Un día reconoces una cara.

Otro día recuerdas lo que bebió.

Más adelante, antes incluso de que abra la carta, sabes qué galette va a pedir.

Nos ha ocurrido.

Tenemos un cliente que viene aproximadamente una vez por semana. Cuando lo vemos llegar y sentarse, prácticamente podríamos preparar su comanda sin preguntarle nada. Sabemos qué va a comer. Sabemos qué va a beber.

Y eso, aunque pueda parecer una tontería, para mí significa mucho.

Porque quiere decir que La Grande Crêperie ha empezado a tener memoria.

Ya no somos solamente un pequeño restaurante de Maspalomas donde se sirven galettes bretonas y crêpes. Estamos empezando a formar parte, aunque sea durante una hora, de la rutina de otras personas.

Y ellos también forman parte de la nuestra.

Con algunos incluso hemos creado un juego.

Cuando vemos entrar a determinados clientes que ya conocemos, Fabrice, Hamlet y yo empezamos con las apuestas:

—Este va a pedir la Tarticrêpe.

—No. Hoy va a pedir la otra.

—Ya verás como pide lo mismo de siempre.

Y muchas veces acertamos.

Lo curioso es que hemos terminado haciendo lo mismo incluso con personas que jamás han entrado antes.

Aparece una pareja, una familia o un grupo de amigos y, mientras se acomodan, empiezan nuestras predicciones silenciosas.

Quién pedirá una galette.

Quién terminará con una crêpe dulce.

Quién preguntará por determinado ingrediente.

Quién pedirá vino.

Es una tontería, sí.

Pero también es una de esas pequeñas cosas que convierten un trabajo en una historia.

Porque detrás de una mesa no hay un número.

Hay alguien que está celebrando algo.

Alguien que está de vacaciones.

Una pareja que ha decidido cenar fuera.

Una persona que vuelve porque la última vez estuvo bien.

O simplemente alguien que tenía hambre y encontró nuestra puerta.

Y nosotros estamos al otro lado.

Fabrice en la sala.

Hamlet en la cocina.

Y yo moviéndome entre todo lo demás.

Tres personas intentando que aquello funcione.

Hay días mejores y días peores. Días en los que todo parece encajar y otros en los que una pequeña cosa basta para complicarlo todo. Un proveedor, una avería, una mesa que llega tarde, otra que llega demasiado pronto, una comanda que se acumula cuando creías que tendrías una noche tranquila.

Eso también forma parte de un restaurante.

Pero hay un instante que compensa muchas cosas.

Es cuando alguien que estuvo hace unos días vuelve a cruzar la puerta.

Entonces ya no necesitas preguntarte si le gustó.

Ha vuelto.

Y posiblemente esa sea una de las mejores reseñas que puede recibir un restaurante.

No tiene estrellas.

No está escrita en Google.

Simplemente abre la puerta y se sienta otra vez a tu mesa.

Pero para llegar hasta aquí hubo que empezar mucho antes.


Cuando La Grande Crêperie todavía no existía


A principios de 2026, Fabrice y yo no teníamos una crepería.

Teníamos trabajo.

Yo trabajaba en un resort y Fabrice en un hotel de Amadores. Teníamos esa clase de vida que, vista desde fuera, puede parecer perfectamente organizada: un sueldo, unos horarios, una rutina y la relativa tranquilidad de saber qué vas a hacer al día siguiente.

Hasta que un día las cosas empezaron a cambiar.

Primero fui yo.

Después de mucho pensarlo, en febrero decidí dejar mi trabajo. Necesitaba parar. Alejarme un poco de una etapa que sentía agotada y averiguar qué quería hacer después.

No tenía una crepería esperando.

Ni siquiera tenía un plan perfectamente trazado.

Tenía, más bien, la necesidad de cerrar una puerta.

Y a veces ocurre algo curioso cuando cierras una puerta sin saber cuál será la siguiente: la vida empieza a abrirlas por su cuenta.

A comienzos de marzo despidieron a Fabrice.

De repente, los dos estábamos en casa.

Sin trabajo.

No voy a adornarlo ahora diciendo que aquel momento fue maravilloso y que inmediatamente comprendimos que el universo nos estaba enviando una señal.

No.

Cuando dos personas se quedan sin trabajo prácticamente al mismo tiempo, lo primero que aparece no es una revelación espiritual.

Aparece la preocupación.

Las cuentas siguen llegando. La nevera sigue necesitando comida. Y esa supuesta libertad de no tener que ir a trabajar resulta bastante menos romántica cuando tampoco sabes de dónde llegará el siguiente sueldo.

Pero en medio de aquella incertidumbre apareció un anuncio.

Un local.

Y fuimos a verlo.


Un local vacío y demasiadas ideas


Recuerdo perfectamente esa sensación.

Entrar en un espacio vacío e intentar imaginar algo que todavía no existe.

Donde los demás ven paredes, tú empiezas a colocar mesas.

Miras una esquina y ya imaginas una cocina.

Calculas distancias.

Piensas dónde irá una nevera.

Dónde podrá sentarse la gente.

Cuántas mesas cabrán sin convertir aquello en un laberinto.

Y empiezas a hacer algo peligrosísimo:

ilusionarte.

El local estaba en Playa del Inglés y tenía el tamaño suficiente para hacer algo pequeño, cercano y manejable.

Entonces empezó el verdadero problema.

¿Qué hacemos aquí?

La respuesta acabó llegando desde Francia.

O, más concretamente, desde Bretaña.

Fabrice es francés y la cultura de la galette y la crêpe formaba parte de un territorio que conocíamos y que, además, no estaba especialmente representado en nuestra zona.

Así empezó a tomar forma La Grande Crêperie.

Primero fue una idea.

Después un nombre.

Luego llegaron los papeles.

Y más papeles.

Y algún papel adicional por si todavía conservábamos la absurda esperanza de que abrir un negocio consistía simplemente en alquilar un local y levantar la persiana.

Pasaron aproximadamente dos meses entre trámites, decisiones, compras y preparativos.

Mientras tanto, había que construir una carta.


La carta que también cuenta quiénes somos





Desde el principio tuvimos clara una cosa: no queríamos una lista interminable de platos.

Preferíamos hacer menos cosas y que cada una tuviera personalidad.

Así fueron apareciendo nuestras galettes.

La Mexicana.

La Belga.

La Nórdica.

La Tartiflette.

La Canaria.

Porque si íbamos a traer un pedacito de Bretaña hasta Gran Canaria, también nos parecía lógico permitir que Canarias se colara dentro de una galette.

Y ahí apareció la morcilla.

Puede que algún bretón ortodoxo necesite sentarse unos minutos después de leer esto.

Lo siento.

La Canaria se




También hay sitio para lo dulce.

También llegaron las crêpes dulces, las combinaciones, las pruebas, los ingredientes que parecían maravillosos sobre el papel y después no funcionaban tan bien en una crepera.

Porque una carta no se escribe únicamente con un bolígrafo.

Se cocina.

Se prueba.

Se equivoca.

Se corrige.

Y se vuelve a probar.

Mientras construíamos aquella carta, también tuvimos que aprender algo todavía más importante.

Una cosa es saber hacer una crêpe.

Y otra muy distinta es hacerlas cuando tienes varias comandas esperando, alguien pregunta desde la sala cuánto falta para su plato y tú descubres que el tiempo parece avanzar a una velocidad diferente dentro de una cocina.

En algún momento alguien nos dio uno de los mejores consejos de aquellos primeros meses:

—Dos personas en cocina.

Parecía excesivo para un negocio tan pequeño.

Hasta que empezamos a trabajar.

Entonces comprendimos que no lo era.

Y así apareció otra de las personas que terminaría formando parte de esta historia.

Hamlet.

Lo que había comenzado como el proyecto de Fabrice y mío empezaba, casi sin darnos cuenta, a convertirse en el proyecto de tres.

Ahora tocaba aprender a trabajar juntos.


Las personas que llegan en el momento adecuado




La llegada de Hamlet tuvo mucho que ver con Carmen.

Habíamos trabajado juntos antes. Ella era cocinera en el restaurante donde yo estaba y, además de llevarnos bien, habíamos mantenido el contacto. Cuando necesitamos a alguien para la cocina, pensé en ella. Le pregunté si conocía a una persona que pudiera ayudarnos.

Carmen habló con Hamlet. Él estaba buscando un cambio de trabajo y aquella posibilidad le interesó. Nos pusimos en contacto, hicimos la entrevista y nos gustó. También confiábamos en el criterio de Carmen, que lo conocía.

Acordamos que empezara el 1 de mayo.

Así de sencillo se cuenta ahora. Una llamada, una conversación, una entrevista. Pero detrás de esa pequeña cadena de personas estaba alguien que acabaría compartiendo con nosotros buena parte de cada día.

A veces pensamos en un negocio como si lo hubiéramos construido únicamente quienes ponemos el nombre en los papeles. Después recuerdas una recomendación, un consejo, a alguien que te presentó a la persona adecuada, y comprendes que hay más gente dentro de la historia.

Carmen también está dentro de la nuestra.


La crepera no se impresiona con tus buenas intenciones





Mientras tanto, nos tocaba aprender a manejar la crepera. La billig, como se llama en Bretaña.

Habíamos estudiado, visto vídeos y practicado. Desde fuera parecía bastante sencillo: echar la masa, extenderla con el rastrillo, esperar, darle la vuelta.

Desde fuera.

Porque después llegaba el momento de hacerlo y la masa tenía sus propias ideas.

Unas veces la crêpe se levantaba. Otras salía demasiado gruesa. Había que ajustar el agua, encontrar el movimiento del rastrillo, conseguir el grosor y acertar con el dorado. Lo que en un vídeo se resolvía en unos segundos a nosotros nos obligaba a repetir.

Y a mirar lo que acabábamos de hacer con bastante menos orgullo del que habíamos previsto.



Entre pruebas y práctica, las manos van aprendiendo.

Pero fuimos aprendiendo. Corrigiendo una cosa, probando otra, entendiendo qué ocurría sobre aquella superficie caliente. Hasta que las manos empezaron a hacer con más naturalidad lo que antes teníamos que pensar a cada paso.

No hubo ningún secreto maravilloso.

Hubo práctica.

Y hubo crêpes que seguramente agradecieron no tener que presentarse ante un cliente.

Ahora, cuando veo una galette terminada, también veo un poco de todo aquello. Las pruebas, la torpeza del principio, el momento en que algo empezó a salir bien y las ganas de que la siguiente saliera mejor.



Abrir la puerta de verdad


Llegó la apertura.

Después de tanto preparar, ya no bastaba con que a nosotros nos gustara la idea. Había que cocinar para alguien que había elegido sentarse allí.

Las mesas dejaron de ser parte del mobiliario y empezaron a ser mesas ocupadas. La carta dejó de ser un documento al que dábamos vueltas y se convirtió en lo que una persona leía para decidir qué iba a cenar.

Y empezamos a trabajar de verdad.

Fabrice en la sala. Hamlet y yo en la cocina. Aprendiendo también a coordinarnos, a entender el ritmo del otro y a sacar adelante cada servicio.

Entre esos primeros recuerdos está nuestra primera reserva a través de TheFork. Y después, aquella valoración de diez sobre diez.

Una cifra pequeña en una pantalla, sí. Pero cuando acabas de empezar, una opinión así tiene un peso enorme. Alguien había venido, había comido y se había tomado la molestia de decir que había estado bien.

Con el tiempo llegaron más opiniones. Y también llegaron los clientes que repetían.

Los miércoles fueron adquiriendo su propio carácter con nuestros platos franceses. Hubo un miércoles en que el local se llenó. Una de esas ocasiones en las que apenas puedes detenerte a mirar lo que está pasando porque estás demasiado ocupado haciéndolo posible.

Después lo piensas.

Todas aquellas personas habían elegido pasar allí una parte de su día.

En el lugar que, poco antes, solo existía en nuestras conversaciones.

queda.



Una crêpe, un momento compartido y otra pequeña historia.


Nuestra segunda casa


No quiero contar esta historia como si desde entonces todo hubiera sido fácil.

Abrir un restaurante no hace desaparecer las preocupaciones. Las cambia de sitio. Sigues haciendo cuentas, tomando decisiones y preguntándote cómo irá la siguiente semana. Hay cansancio, hay días flojos y hay mucho trabajo que nadie ve cuando recibe su plato.

Pero también hay orgullo.

El de mirar alrededor y reconocer algo que es tuyo. Algo que has ido construyendo con tu marido y con una persona que ya forma parte de vuestro día a día.

Un amigo me dijo que aquella era mi otra casa.

Y tenía razón.

La Grande Crêperie se ha convertido en nuestra segunda casa. Para Fabrice, para Hamlet y para mí.


No solo por las horas que pasamos allí. También porque hemos empezado a llenarla de recuerdos. Los nuestros y los que dejan quienes vienen.

Ahora vuelvo al cliente del principio. Al que llega aproximadamente una vez por semana y del que ya sabemos qué va a pedir.

No conoce todos los trámites que hubo antes de abrir. Ni tiene por qué saber cuántas veces tuvimos que practicar con el rastrillo para que una crêpe saliera como queríamos.

Él viene, se sienta y pide lo de siempre.

Y, sin saberlo, añade otra página a esta historia.

Tal vez eso sea lo que más me emociona de estos meses: descubrir que un lugar al que le has dedicado tantas horas empieza a tener un hueco en la vida de otras personas.

Nosotros abrimos la puerta.

Ellos vuelven.

Y La Grande Crêperie sigue haciendo memoria.